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La herida de Ripoll explota seis años después del atentado terrorista: «No se trató y ha estallado el odio»

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Nadie en Ripoll olvida dónde estaba hace seis años. El 17 de agosto de 2017, los vecinos de este municipio de 10.000 habitantes (según cifras de Idescat de 2022), descubrieron con horror que seis niños llegados de Marruecos, criados e integrados en este pueblo a los pies del Pirineo, ejecutaron un atentado terrorista en Barcelona y Cambrils que mató a 16 personas y dejó 160 heridos. «Algo se rompió dentro de mí», coinciden en expresar muchos. Nadie supo detectar la radicalización de esos seis jóvenes que, bajo la batuta del imán Abdelbaki Es Satty, cometieron la masacre yihadista.

Tras el 17-A, Ripoll elaboró un plan de convivencia que quedó en apenas nada por falta de presupuesto

Seis años después, esa herida está lejos de cicatrizar. La xenofobia ha estallado como pus que lo infecta todo. El resultado de las elecciones municipales del pasado 28 de mayo, que dio la victoria a Silvia Orriols, de la formación de ultraderecha independentista Aliança Catalana, destapó el racismo que lleva años gestándose.

«Ripoll evitó abordar el tema de los atentados en público y esto ayudó a que calara el mensaje fascista»

Carme Brugarola

Tras el 17-A, los vecinos quisieron enterrar el dolor bajo tierra y, después, la pandemia sólo causó más escozor. «No hemos tenido medios para tratarlo como sociedad», se quejan los profesionales del municipio que idearon un plan para sanar las heridas.

El imán de la mezquita El Fathe de Ripoll, rezando una oración. Jordi Otix

Aquel verano, tras los atentados yihadistas, Ripoll se llenó de políticos y de expertos con una única obsesión: que no se rompiera la convivencia, que el pueblo seguiera viviendo en paz. Lo que más preocupaba era la vuelta al cole, apenas un mes después del ataque. «En las aulas había hermanos de los terroristas que no tenían ninguna culpa de lo que había pasado. Las clases debían empezar con normalidad», recuerda una técnica del municipio. «Nos temíamos una guerra santa en las puertas de las escuelas. No pasó, y todos nos relajamos», reconoce el exalcalde Jordi Munell.

Chicos preparando bombas

El destape racista de Ripoll se ha revelado abiertamente seis años después. Lo ha hecho en las urnas. Aliança Catalana, el único partido ultra que se presentó a las elecciones municipales, triplicó el resultado que los partidos xenófobos obtuvieron en 2019. ¿Qué ha cambiado?

«Todo empezó cuando conocimos los detalles del sumario de los atentados. Los vídeos de los chicos preparando las bombas causaron un impacto brutal y muchos empezaron a ver a los inmigrantes con rabia», opina una trabajadora de convivencia social del municipio. La pandemia y la inflación han echado más leña al fuego. «El encierro nos ha vuelto individualistas, egoístas, hay más miedo, especialmente entre los mayores», añade.

«Hay miedo a los inmigrantes, a lo desconocido. Ven que el pueblo está cambiando y nadie les habla de esto», señala un ‘mosso’

En los últimos seis años, han llegado 400 inmigrantes a Ripoll, que han pasado de representar el 10% de los habitantes a ser el 13%. La mayoría tienen empleos precarios: limpiadores, cocineros, forestales, trabajadores en los mataderos o en las pocas fábricas que se mantienen en pie. Ripoll tiene una de las tasas de desempleo más bajas de Catalunya (7,8%). Otros, sin papeles, no pueden trabajar legalmente y necesitan ayudas sociales.

Un grupo de niños de familias de orígen migrante juegan a fútbol en una plaza de Ripoll. Jordi Otix

La población magrebí es amazig y bereber. «No son cosmopolitas, es gente que viene de zonas rurales, algunos analfabetos y muy tradicionales», cuentan los educadores sociales. Llenan el vacío que dejan los jóvenes del pueblo, que huyen a Vic o a Barcelona a trabajar y estudiar. Y conviven con un 25% de población mayor de 65 años. «De espíritu conservador y pensamiento casi medieval», según trabajadores sociales. Son votantes tradicionales de la antigua Convergència y de Junts que se han pasado al discurso ultra de Orriols, según varios políticos locales. «Han visto cerrar las tiendas, las indústrias… y que estos negocios son sustituidos por comercios de inmigrantes. Pierden sus privilegios».

Por eso, la digestión del atentado ha sido de pesadilla. También lo han visto los Mossos. «Tenemos las tasas de delincuencia más bajas de Catalunya pero la sensación de inseguridad es muy alta: los atentados no son gratuitos y mucha gente tiene miedo a los inmigrantes, a lo desconocido. Ven que el pueblo está cambiando y nadie les habla de esto», comenta un policía a este diario. Unas sensaciones que confirman en el entorno educativo: «Cada vez hay más alumnos recién llegados y los padres comentan que el nivel educativo baja«.

Sin medios para la convivencia

Ya en 2017, muchos avisaron de que esto podía pasar. Ripoll elaboró un plan de convivencia con acciones concretas a realizar. «Tanto los mayores de Ripoll como la comunidad marroquí son cerrados y conservadores. Para evitar el enfrentamiento había que mezclarles, que se conocieran y romper barreras. Necesitábamos recursos y voluntad política. A nadie le ha interesado y no lo hemos podido hacer», se quejan empleados municipales. «Pedíamos fondos pero nos hemos quedado con el mismo presupuesto que antes de los atentados», lamentan. «Y con lo poco que hacíamos, apenas venía la gente», remachan.

Una familia de origen inmigrante se despide en la calle de Ripoll. Jordi Otix

Los maestros consultados asumen que el tema tampoco se ha abordado en las aulas a no ser que los niños preguntaran por ello. «No había conflicto ni un rechazo muy evidente», comenta la directora de una escuela. «Hemos pasado un tupido velo, jamás lo hemos tratado en el aula«, sigue un docente del instituto público Abat Oliba. «Ripoll evita el tema de los atentados en público: ponemos tierra por encima y lavamos los trapos sucios en casa, que aquí no ha pasado nada. Y esto ha ayudado a que calara el mensaje fascista y estallara el odio», resume Carme Brugarola, miembro de la Unitat Contra el Feixisme i el Racisme de Ripoll.

«Hemos pasado un tupido velo y no hemos tratado el tema en la escuela»

Mientras las administraciones no hablaban del atentado, Sílvia Orriols se plantaba con una carpa difundiendo el miedo y desconfianza hacia los inmigrantes cada día de mercado. Pedía teléfonos y creó un grupo de WhatsApp donde compartía conflictos con migrantes, a pesar de que no ocurrían en Ripoll. «Nadie la ha combatido», asumen Brugarola y Munell. «No le quisimos dar importancia, pensamos que la gente no le haría caso».

En los centros escolares, lo ocurrido el 17-A se trabajó el primer año con talleres grupales con los maestros. «Lloraban las muertes de sus alumnos, era un dolor prohibido», cuenta una empleada de los servicios territoriales de Educació en el Ripollès. En 2018, Educació incluyó a Ripoll en un proyecto piloto ya finalizado. «Nuestra obsesión fue que todo el mundo tuviera las mismas oportunidades. Del atentado aprendimos que hay niños que se sienten de segunda categoría», cuenta el exalcalde Munell.

El dinero que aportó la Generalitat, 70.000 euros al año, se dedicó a los servicios sociales. En los centros cívicos pasó lo mismo. «No hemos ido más allá, los proyectos gratuitos de extraescolares los han monopolizado niños inmigrantes. No ha habido convivencia», sugiere una trabajadora.

Unos niños andan por Ripoll junto a su madre. Jordi Otix

«Las ayudas sociales están muy bien, pero no estamos hablando de convivencia, de migración… de los temas que hay que abordar en Ripoll», insiste una trabajadora especializada. Estos profesionales siguen haciendo hincapié en la falta de medios. Ripoll es de los ayuntamientos con menos gasto educativo en Catalunya y no cuenta con centros públicos de salud mental. «Las secuelas psicológicas no se tratan, ni las que dejó el atentado ni las demás», insiste la empleada de Educació.

La discriminación, el estigma, el recelo y la fractura que vive Ripoll no saltan a la vista. Pero basta hablar con sus vecinos para ver la enorme división que hay. Las pocas entidades sociales del pueblo ya se han puesto a trabajar para aplicar, desde el voluntariado, lo que las administraciones no han hecho. «No nos queda otra. Está en riesgo el futuro del pueblo», cuentan los implicados.

Ripoll es cauce de dos ríos, zona de paso desde tiempos medievales. Lo demuestran los más de 15 puentes que mantienen unido el municipio. Hoy, los que unen a los vecinos están rotos.

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